P. D. OUSPENSKY
Conversación
sobre las metas. ¿Puede la enseñanza tener una meta definida? La meta de la
existencia. Las metas personales. Conocer el futuro. Existir después de la
muerte. Ser amo desí mismo. Ser cristiano. Ayudar a la humanidad. Detener las
guerras. Explicaciones de G. Destino, accidente y voluntad. "Máquinas
locas". Cristianismo esotérico. ¿Cuál deberla ser la meta del hombre? Las
causas de la esclavitud interior. De donde parte el camino que lleva a la
liberación. "Conócete a tí mismo". Diferentes modos de comprender
esta idea. El estudio de sí. Cómo llevar este estudio. La observación de si.
Constataciones y análisis. Un principio fundamental del trabajo de la máquina
humana. Los cuatro centros: intelectual, emocional, instintivo y motor.
Distinción entre los diferentes modos de trabajo de los centros. Modificaciones
en el trabajo de la máquina. Trastorno en el equilibrio. ¿Cómo restablece la
máquina su equilibrio? Cambios incidentales. Trabajo equivocado de los centros.
Imaginación. Ensueño. Hábitos. Para observarse es indispensable oponerse a los
hábitos. La lucha contra la expresión de emociones negativas. Constatación de
la mecanicidad. Cambios que resultan de la observación de si bien conducida. La
idea del centro motor. Clasificación habitual de las acciones del hombre.
Clasificación basada en la división de los centros. Automatismo. Acciones
instintivas. Diferencia entre las funciones instintivas y las funciones
motrices. División de las emociones. Los diferentes niveles de los centros.
En
una de las reuniones siguientes, le fue planteada esta pregunta: ¿Cuál es la
meta de su enseñanza?
—Yo
tengo, por cierto, mi meta, respondió G., pero ustedes me permitirán que no
hable de ella. Porque mi meta no puede todavía significar nada para ustedes.
Para ustedes, lo que cuenta ahora es que puedan definir su propia meta. En
cuanto a la enseñanza misma, ella no puede tener una meta. No hace sino
indicar a los hombres la mejor manera de alcanzar sus metas, cualesquiera que
éstas sean. La cuestión de metas es primordial. Mientras un hombre no haya
definido su propia meta, no es capaz aún de comenzar a «hacer». ¿Cómo podría
uno «hacer», si no tiene meta? Ante todo, «hacer» presupone una meta.
—Pero
la cuestión de la meta de la existencia es una de las más difíciles, replicó
uno de los presentes. Usted nos pide resolverla de entrada. Quizás hemos venido
aquí precisamente porque buscamos una respuesta a esta pregunta. Usted espera
de nosotros el que ya la conozcamos. Pero de ser así el caso, ya sabríamos
realmente todo.
—Ustedes
me han comprendido mal, dijo G. No hablaba de la meta de la existencia, en un
sentido filosófico. El hombre no la conoce y no puede conocerla, mientras siga
siendo lo que es.
"No
le es posible, primeramente porque la existencia no tiene una sola, sino
numerosas metas. Por lo demás, todas las tentativas para resolver este problema
por los métodos ordinarios son absolutamente sin esperanza e inútiles. Yo les
hice una pregunta totalmente diferente. Les interrogué sobre su meta personal,
sobre lo que quieren alcanzar, y no sobre la razón de ser de su existencia.
Cada uno debe tener su propia meta; un hombre desea riquezas, otro salud, un
tercero el reino de los cielos, un cuarto quiere ser general, etc. Sobre metas
de esta clase es lo que les pregunté. Si me dicen cuál es su meta, yo podré
decirles si seguimos o no el mismo camino.
"Piensen
de qué manera se formulaban su meta, a sí mismos, antes de venir aquí.
—Yo
me formulaba mi meta con perfecta claridad hace algunos años, respondí. Me
decía entonces que quería conocer el futuro. A través de un estudio
teórico del problema, había llegado a la conclusión de que el futuro puede ser
conocido, e incluso varias veces logré conseguir experimentalmente un
conocimiento exacto del futuro. Había llegado a la conclusión de que teníamos
que conocer el futuro y que teníamos derecho a ello, porque de otra manera no
podríamos organizar nuestras vidas. Este asunto me parecía muy importante.
Consideraba,
por ejemplo, que un hombre puede saber y tiene el derecho de saber exactamente
el tiempo que le queda, el tiempo de que aún dispone—el día y la hora de su
muerte. Siempre había encontrado humillante vivir en esta ignorancia y había
decidido, desde cierto momento, no emprender nada, fuera lo que fuere, antes de
saberlo. En realidad ¿qué sentido tiene emprender un trabajo cualquiera cuando
uno ni siquiera sabe si tendrá tiempo para terminarlo?
—Muy
bien. dijo G. Conocer el futuro es para usted la primera meta. ¿Puede alguien
in;'is formular su meta?
—Quisiera
estar convencido de que sobreviviré a la muerte de mi cuerpo físico y, si esto
depende de mí, quisiera trabajar para existir después de la muerte, dijo uno de
los presentes.
—El
conocimiento o la ignorancia del futuro, la certidumbre o incertidumbre de una
supervivencia me importan igualmente poco, dijo otro, si he de seguir siendo lo
que soy ahora. Lo que siento con más fuerza es que no soy el amo de mí mismo, y
si debo formular mi meta diría que quiero ser el amo de mi mismo.
—Quisiera
comprender la enseñanza de Cristo y ser un verdadero cristiano, dijo el
siguiente.
—Quisiera
poder ayudar a los demás.
—Quisiera
saber cómo detener las guerras.
—Bien,
eso basta, dijo G. Ya tenemos suficientes elementos.
Entre
los deseos formulados, el mejor es el de ser el amo de sí. Sin esto, nada más
es posible, ninguna otra cosa podrá tener valor alguno. Pero comencemos por el
examen de la primera meta. "Para conocer el futuro es necesario ante todo
conocer tanto el presente como el pasado en todos sus detalles. Hoy es lo que
es porque ayer fue lo que fue, y si hoy es como ayer mañana será como hoy. Si
ustedes quieren que mañana sea diferente deben hacer que hoy sea diferente. Si
hoy no es sino una consecuencia de ayer, mañana a su vez no será sino una
consecuencia de hoy. Y si alguien ha estudiado a fondo lo que ha sucedido ayer,
antes de ayer, hace una semana, un año, diez años, puede entonces sin riesgos
de error decir qué sucederá y qué no sucederá mañana. Pero hoy día no tenemos
suficientes elementos a nuestra disposición como para discutir seriamente este
problema. Lo que ocurre o lo que puede ocurrimos depende de una u otra de estas
tres causas: el accidente, el destino o nuestra propia voluntad. Tal como somos
nos encontramos casi completamente a merced del accidente. No podemos tener
destino en el verdadero sentido de la palabra, así como no podemos tener
voluntad. Si tuviésemos voluntad, por este solo hecho seríamos capaces de
conocer el futuro. Porque nos sería posible el construir nuestro futuro, y
hacerlo tal como lo queremos. Si tuviésemos un destino, podríamos también
conocer el futuro porque el destino corresponde al tipo. Si se conoce el tipo
entonces su destino también puede conocerse, es decir, a la vez su pasado y su
futuro. Pero los accidentes siguen siendo imprevisibles. Hoy día un hombre es
de una manera, mañana es diferente; hoy día le sucede una cosa, mañana otra.
—¿Pero
no puede usted prever lo que nos va a suceder? preguntó uno. ¿No ve con anticipación
los resultados que cada uno de nosotros conseguirá trabajando sobre sí, y si
vale acaso la pena que uno emprenda este trabajo?
—Es
imposible decirlo, dijo G. Sólo se puede predecir el futuro de hombres. El
futuro no puede ser predicho para máquinas locas. Su dirección cambia en
cada momento. En un momento dado una máquina de éstas va en una dirección, y
ustedes pueden calcular a dónde puede llegar, pero cinco minutos más tarde ésta
se precipita en una dirección completamente diferente y todos sus cálculos
probarán ser falsos. Asimismo, antes de hablar de predecir el futuro es
necesario saber de quién se trata. Si un nombre quiere prever su propio
futuro, debe ante todo conocerse a sí mismo. En seguida verá si le vale la pena
conocer su futuro. En ocasiones tal vez le será preferible no conocerlo.
"Esto
parece paradójico, pero tenemos todo el derecho de decir que ya conocemos
nuestro futuro: será exactamente idéntico a lo que ha sido nuestro pasado. Nada
puede cambiar por sí solo.
"Y
en la práctica, para estudiar el futuro, uno tiene que aprender a notar y
recordar los momentos en que conocemos realmente el futuro y en que actuamos de
acuerdo con este conocimiento. Tendremos así la prueba de que realmente
conocemos el futuro. Esto es sencillamente lo que pasa en los negocios, por
ejemplo. Todos los buenos comerciantes conocen el futuro, de otro modo sus
negocios quebrarían. En el trabajo sobre sí, es necesario ser un buen
comerciante, un hombre de negocios avispado. No vale la pena conocer el futuro
sino cuando un hombre puede ser su propio amo.
"Hubo
también una pregunta sobre la vida futura: ¿cómo crearla, cómo evitar la muerte
final, cómo no morir?
"Para
esto es indispensable «ser». Si un hombre cambia a cada instante, si no hay
nada en él que pueda resistir a las influencias exteriores, esto quiere decir
que nada en él puede resistir a la muerte. Pero si llega a ser independiente de
las influencias exteriores, si aparece en él «algo» que pueda vivir por si
mismo, este «algo» puede no morir. En las circunstancias ordinarias morimos
a cada instante. Las influencias exteriores cambian y nosotros cambiamos con
ellas; esto quiere decir que muchos de nuestros «yoes» mueren. Si un hombre
desarrolla en sí mismo un «Yo» permanente, que pueda sobrevivir a un cambio de
condiciones exteriores, este «Yo» podrá también sobrevivir a la muerte del
cuerpo físico. Todo el secreto es que no se puede trabajar para la vida futura,
sin trabajar para esta vida. Al trabajar para la vida, un hombre trabaja para
la muerte o más bien para la inmortalidad. Es por esto por lo que el trabajo
para la inmortalidad, si se le puede llamar así, no puede estar separado del
trabajo para la vida en general. Al alcanzar uno se alcanza el otro. Un hombre
puede esforzarse en ser simplemente en aras de los intereses de su
propia vida. Tan sólo por esto puede llegar a ser inmortal. No hablamos
especialmente de una vida futura y no tratamos de saber si existe o no, porque
las leyes son las mismas en todas partes. Al estudiar simplemente su propia vida
y la de los demás, desde su nacimiento hasta su muerte, un hombre estudia todas
las leyes que gobiernan la vida y la muerte y la inmortalidad. Si llega a ser
amo de su vida, puede llegar a ser amo de su muerte.
"Otra
pregunta fue planteada: ¿Cómo llegar a ser un Cristiano?
"Ante
todo, es necesario comprender que un Cristiano no es un hombre que se dice
Cristiano o que otros llaman Cristiano. Un Cristiano es un hombre que vive de
acuerdo a los preceptos de Cristo. Tal cual somos no podemos ser Cristianos.
Para ser Cristianos debemos ser capaces de «hacer». No podemos «hacer»; con
nosotros todo «sucede». Cristo dice: «Amad a vuestros enemigos», pero ¿cómo
amar a nuestros enemigos si ni siquiera podemos amar a nuestros amigos? Algunas
veces «se ama», y algunas veces «no se ama». Tal como somos ni siquiera podemos
aun realmente desear ser Cristianos porque, nuevamente, algunas veces «se
desea» y otras veces «no se desea». Un hombre no puede desear por mucho tiempo
esta sola y misma cosa, porque de repente, en vez de desear ser Cristiano, se
acuerda de una alfombra muy hermosa, pero muy cara, que vio en una tienda. Y en
vez de desear ser Cristiano comienza a pensar en cómo comprar esa alfombra,
olvidándose de todo lo que concierne al Cristianismo.
O si
algún otro no cree que él sea un Cristiano maravilloso, estará dispuesto a
comérselo vivo o a asarlo en una hoguera. Para ser Cristiano hay que «ser». Ser
significa: ser el amo de sí mismo. Si un hombre no es su propio amo, no tiene
nada y no puede tener nada. Y no puede ser un Cristiano. Es simplemente una
máquina, un autómata. Una máquina no puede ser un Cristiano:
Piénsenlo
ustedes mismos: ¿es posible para un automóvil, una máquina de escribir o un
gramófono ser Cristianos? Estas son simplemente cosas sometidas a la ley del
accidente. No son responsables. Son máquinas. Ser Cristiano significa ser
responsable. La responsabilidad llega más tarde, si un hombre, aunque
parcialmente, deja de ser máquina y comienza de hecho, y no sólo de palabra, a
desear ser Cristiano.
—¿Qué
relación hay entre la enseñanza que usted expone y el Cristianismo tal como
nosotros lo conocemos? preguntó alguien.
—No
sé lo que ustedes saben sobre el Cristianismo, contestó G., poniendo
énfasis en esta palabra. Seria necesario hablar durante mucho tiempo a fin de
aclarar lo que ustedes entienden por ese término. Pero para beneficio de los
que ya saben diré, si así lo quieren, que éste es el Cristianismo esotérico.
Hablaremos a su debido tiempo sobre el significado de estas palabras. Por
el momento sigamos discutiendo nuestras preguntas.
"Entre
las metas que se han expresado, sin discusión alguna la más justa es la de ser amo
de si misino, porque sin esto nada es posible. En comparación con esta
meta, todas las demás no son sino sueños infantiles, deseos de los cuales un
hombre no podría hacer el menor uso aunque le fuesen concedidos.
"Por
ejemplo, alguien dijo que quería ayudar a los demás. Para ser capaz de ayudar
a los demás, primero hay que aprender a ayudarse a sí mismo. Con la idea de
ayudar a los demás, un gran número de personas se deja llevar por toda clase de
pensamientos y de sentimientos simplemente por pereza. Son demasiado perezosas
para trabajar sobre sí mismas; pero les agrada mucho pensar que son capaces de
ayudar a los demás. Esto es ser falso e hipócrita consigo mismo. Cuando un
hombre se ve realmente tal cual es, no le pasa por la cabeza ayudar a los demás
— tendría vergüenza de pensar en esto. El amor a la humanidad, el altruismo,
son palabras muy bonitas, pero no tienen significado sino cuando un hombre es
capaz, por su propia elección y de su propia decisión, de amar o de no amar, de
ser un altruista o un egoísta. Entonces su elección tiene un valor. Pero si no
hay elección alguna, si él no puede hacer otra cosa, si es solamente lo que la
casualidad lo ha hecho o lo esta haciendo — hoy un altruista, mañana un egoísta
y pasado mañana nuevamente un altruista— ¿qué valor puede tener todo esto? Para
ayudar a los demás un hombre tiene que aprender primero a ser egoísta, un
egoísta consciente. Sólo un egoísta consciente puede ayudar a los demás. Tal
como somos no podemos hacer nada. Un hombre decide ser un egoísta y resulta
regalando su última camisa. Habiendo decidido regalar su última camisa, arranca
la del hombre al que le quería dar la suya. O bien al decidir dar su propia
camisa, quiere dar la de otro, y se pone furioso si éste se la rehúsa. Y así
sigue la vida.
"Para
hacer lo difícil, hay que aprender primero a hacer lo que es fácil. No se puede
comenzar por lo más difícil.
"Se
me ha planteado otra pregunta: ¿Cómo detener las guerras? Las guerras no pueden
ser detenidas. La guerra es el resultado de la esclavitud en que viven los
hombres. Estrictamente hablando no se puede culpar a los hombres por la guerra.
En su origen hay fuerzas cósmicas e influencias planetarias. Pero los hombres
no oponen ni sombra de resistencia a estas influencias, y no pueden hacerlo
porque son esclavos. Si fuesen hombres y fuesen capaces de «hacer»,
serían capaces de resistir a estas influencias y de abstenerse de matarse entre
ellos.
—Pero
¿seguramente aquellos que lo comprenden pueden hacer algo? interrogó el hombre
que había hecho la pregunta acerca de la guerra. Si un número suficiente de
hombres llegase a la conclusión categórica de que ya no debe haber más guerras,
¿no podrían influir sobre los demás?
—Aquéllos
a quienes disgusta la guerra han estado tratando de hacer eso casi desde la
creación del mundo, dijo G., y sin embargo, nunca ha habido una guerra como la
presente.
Las
guerras no están disminuyendo', están aumentando, y no pueden ser detenidas por
medios ordinarios. Todas estas teorías acerca de la paz universal, sobre
conferencias sobre la paz, etc., son nuevamente simple pereza e hipocresía. Los
hombres no quieren pensar en sí mismos, no quieren trabajar sobre sí mismos, no
piensan sino en los medios para llevar a los demás a que sirvan a sus
caprichos. Si se llegase a formar efectivamente un grupo suficiente de hombres
deseosos de detener las guerras, comenzarían primero por hacer la guerra contra
aquellos que no estuvieran de acuerdo. Y es aún más seguro que harían la guerra
contra quienes también quisieran detener las guerras, pero en forma diferente.
Y así, ellos pelearían. Los hombres son lo que son y no pueden ser diferentes.
La guerra tiene muchas causas que son desconocidas para nosotros. Algunas
causas están en los hombres mismos, otras están fuera de ellos. Hay que empezar
por las causas que están en el hombre mismo. ¿Cómo puede el hombre ser
independiente de las influencias exteriores, de las grandes fuerzas cósmicas,
cuando es esclavo de todo lo que lo rodea? Está en poder de todas las cosas a
su alrededor. Si fuese capaz de liberarse de las cosas, entonces podría
liberarse de las influencias planetarias.
"Libertad,
liberación. Ésta debe ser la meta del hombre. Llegar a ser libre, escapar de la
servidumbre —es por esto por lo que un hombre debería luchar cuando haya
llegado a ser, aunque sea un poco, consciente de su situación. Es la única
salida para él, porque nada es posible mientras siga siendo un esclavo interior
y exteriormente. Pero no puede dejar de ser esclavo exteriormente mientras
interiormente siga siendo un esclavo. Por consiguiente, para llegar a ser libre
tiene que conquistar la libertad interior.
"La
primera razón de la esclavitud interior del hombre es su ignorancia, y sobre
todo, su ignorancia de sí mismo. Sin el conocimiento de sí, sin la comprensión
de la marcha y de las funciones de su máquina, el hombre no puede ser libre, no
puede gobernarse y seguirá siendo siempre esclavo, y el juguete de las fuerzas
que actúan sobre él.
"Esta
es la razón por la cual, en las enseñanzas antiguas, la primera exigencia al
comienzo del camino de la liberación, era: «Conócete a ti mismo»."
En la
reunión siguiente, G. comentó estas palabras: "Conócete a ti
mismo".
—Esta
fórmula, generalmente atribuida a Sócrates, en realidad se encuentra en la base
de muchas doctrinas y escuelas mucho más antiguas que la escuela socrática.
Pero aunque el pensamiento moderno no desconoce la existencia de este
principio, no tiene sino una idea muy vaga de su significado y de su alcance.
El hombre ordinario de nuestra época, aun si se interesa en la filosofía o en
las ciencias, no comprende que el principio «Conócete a ti mismo» se refiere a
la necesidad de conocer su propia máquina, la «máquina humana». La estructura
de la máquina es más o menos la misma en todos los hombres; por lo tanto es
esta estructura la que el hombre debe estudiar primeramente, es decir las
funciones y las leyes de su organismo. En la máquina humana todo está ligado,
una cosa depende de otra hasta tal punto que es completamente imposible
estudiar cualquier función sin estudiar todas las otras. El conocimiento de una
parte requiere el conocimiento del todo. Es posible conocer el todo del hombre,
pero esto exige mucho tiempo y mucho trabajo, exige sobre todo la aplicación
del método correcto, e igualmente la dirección justa de un maestro.
"El
principio «Conócete a ti mismo» tiene un contenido muy rico." En primer
lugar exige, del hombre que quiere conocerse, que comprenda lo que esto quiere
decir, en qué conjunto de relaciones se inscribe este conocimiento, y de qué
depende necesariamente.
"El
conocimiento de sí es una meta muy alta, pero muy vaga y muy lejana. El hombre
en su estado actual está muy lejos del conocimiento de sí. Por eso,
estrictamente hablando, la meta del hombre no puede ser el conocimiento de sí.
Su gran meta debe ser el estudio de sí. Para él será más que suficiente el
comprender que tiene que estudiarse a sí mismo. La meta del hombre debe ser el
comenzar a estudiarse a sí mismo, a conocerse a si mismo, de una manera
conveniente.
"El
estudio de sí es el trabajo o la vía que conduce al conocimiento de sí.
"Pero
para estudiarse a sí mismo es necesario ante todo aprender cómo estudiar, por
dónde comenzar, qué medios emplear. Un hombre tiene que aprender cómo
estudiarse a sí mismo y tiene que estudiar los métodos del estudio de si.
"El
método fundamental para el estudio de sí es la observación de sí. Sin una
observación de sí correctamente conducida, un hombre no comprenderá jamás las
conexiones y las correspondencias de las diversas funciones de su máquina, no
comprenderá jamás cómo ni por qué en él «todo sucede».
"Pero
el aprendizaje de los métodos correctos de observación de sí y de estudio de
si, requiere una comprensión precisa de las funciones y de las características
de la máquina humana. De este modo, para observar las funciones de la máquina
humana es necesario comprenderlas en sus divisiones correctas y poder definirlas
exactamente y de inmediato; además, la definición no debe ser verbal, sino
interior: por el sabor, por la sensación, de la misma manera en que nos
definimos a nosotros mismos todo lo que experimentamos interiormente.
"Hay
dos métodos de observación de sí: el primero es el análisis, o las
tentativas de análisis, es decir las tentativas de encontrar una respuesta a
estas preguntas: ¿de qué depende tal cosa, y por qué sucede? — y el segundo es
el método de las constataciones, que consiste solamente en registrar, en
grabar en la mente, en el momento mismo, todo lo que uno observa.
"Sobre
todo al comienzo, la observación de sí no debe llegar a ser análisis, o
tentativa de análisis, bajo ningún pretexto. El análisis no es posible sino
mucho más tarde, cuando ya se conocen todas las funciones de la propia máquina
y todas las leyes que la gobiernan.
"Al
tratar de analizar tal o cual fenómeno que lo ha impresionado fuertemente, un
hombre generalmente se pregunta:
«¿Qué
es esto? ¿Por qué sucede esto así y no de otra manera?» Y comienza a buscar una
respuesta a estas preguntas, olvidándose de todo lo que las observaciones
ulteriores podrían aportarle.
Más y
más absorbido por las preguntas, pierde totalmente el hilo de la observación de
sí, y hasta llega a olvidar la idea misma. La observación se detiene. De este
hecho resulta claro que tan sólo una cosa puede progresar: o la observación, o
bien las tentativas de análisis.
"Pero
aún fuera de esto, toda tentativa de análisis de fenómenos aislados, sin el
conocimiento de las leyes generales, es una pérdida total de tiempo. Antes de
poder analizar los fenómenos, aun los más elementales, un hombre debe acumular
suficiente material bajo la forma de «constataciones», es decir como resultado
de una observación directa e inmediata de lo que pasa en él. Este es el
elemento más importante en el trabajo del estudio de sí. Cuando se ha acumulado
un número suficiente de «constataciones» y cuando al mismo tiempo se ha
estudiado y comprendido hasta un cierto punto las leyes, sólo entonces se hace
posible el análisis.
"Desde
el comienzo mismo, la observación y la constatación se deben basar sobre el
conocimiento de los principios fundamentales de la actividad de la máquina
humana. La observación de sí no se puede conducir correctamente si no se
comprenden estos principios, y si no se les tiene siempre en cuenta en la
mente. Es por esta razón que la observación de sí ordinaria, tal como la
practica la gente toda su vida, es totalmente inútil y no puede llegar a nada.
"La
observación debe comenzar con la división de las funciones. Toda la actividad
de la máquina humana está dividida en cuatro grupos de funciones netamente
definidas. Cada uno está gobernado por su propio «cerebro» o «centro». Un
hombre debe diferenciar, al observarse a sí mismo, las cuatro funciones
fundamentales de su máquina: las funciones intelectual, emocional, motriz e
instintiva. Cada fenómeno que un hombre observan en sí mismo se relaciona con
una u otra de estas funciones. Por eso, antes de comenzar a observar, un hombre
debe comprender en qué difieren las funciones, qué significa la actividad
intelectual, qué significa la actividad emocional, la actividad motriz y la
actividad instintiva.
"La
observación debe comenzar por el principio. Todas las experiencias anteriores, todos
los resultados anteriores de toda observación de sí, deben ser dejados de lado.
Allí puede haber elementos de gran valor. Pero todo este material está basado
en las divisiones erróneas de las funciones observadas, y éste mismo está
dividido de manera incorrecta. Por esta razón no se lo puede utilizar; en todo
caso, no se lo puede utilizar al comienzo del estudio de si. En el momento
oportuno, lo que hay de valor será tomado y utilizado. Pero es necesario
comenzar por el principio, es decir, observarse a sí mismo como si no se
conociese en lo más mínimo, como si aún nunca se hubiera observado.
"Cuando
uno comienza a observarse, debe tratar de determinar al instante a qué grupo, a
qué centro, pertenecen los fenómenos que se están observando en el momento.
"Algunos
encuentran difícil comprender la diferencia entre pensamiento y sentimiento,
otros tienen dificultad en comprender la diferencia entre sentimiento y
sensación, entre un pensamiento y un impulso motor.
"Hablando
en términos muy amplios se puede decir que la función del pensamiento siempre
trabaja por medio de la comparación. Las conclusiones intelectuales son siempre
el resultado de la comparación de dos o más impresiones.
"La
sensación y la emoción no razonan, no comparan, simplemente definen una
impresión dada por su aspecto, por su carácter agradable o desagradable en uno
u otro sentido, por su color, sabor u olor. Lo que es más, las sensaciones pueden
ser indiferentes — ni calientes ni frías, ni agradables ni desagradables:
«papel blanco», «lápiz rojo». En la sensación de lo blanco y de lo rojo no hay
nada agradable o desagradable. En todo caso, no es necesario que haya nada
agradable o desagradable ligado a la sensación de uno u otro de estos dos
colores. Estas sensaciones, que proceden de los así llamados «cinco sentidos»,
y las demás, como la sensación de calor, la del frío, etc., son instintivas.
Las funciones del sentimiento, o emociones, siempre son agradables o
desagradables; no hay emociones indiferentes.
"La
dificultad para distinguir entre las funciones se acrecienta por el hecho de
que la gente las siente de manera muy diferente. Es esto lo que generalmente no
comprendemos. Creemos que las personas son mucho más parecidas entre si de lo
que son en realidad. Sin embargo, de hecho hay grandes diferencias entre uno y
otro en lo que concierne a las formas o a las modalidades de sus percepciones.
Algunas personas perciben principalmente a través de su pensar, otras a través
de sus emociones, y otras a través de sus sensaciones. La comprensión mutua es
muy difícil, si no imposible, para hombres de diversas categorías y de diversos
modo., de percepción, porque todos dan nombres diferentes a una sola y misma
cosa, y el mismo nombre a las cosas más diferentes. Además, son posibles toda
clase de combinaciones. Un hombre percibe a través de sus pensamientos y de sus
sensaciones, otro a través de sus pensamientos y de sus sentimientos, y así
sucesivamente. Cualquiera que sea, cada modo de percepción se pone
inmediatamente en relación con una especie particular de reacción a los
acontecimientos exteriores. Estas diferencias en la percepción y la reacción a
los acontecimientos exteriores producen dos resultados: las personas no se
comprenden entre sí y no se comprenden ellas mismas. Muy a menudo un hombre
llama sentimientos a sus pensamientos o a sus percepciones intelectuales, y
llama pensamientos a sus sentimientos, y sentimientos a sus sensaciones. Este
último caso es el más frecuente. Por ejemplo, dos personas perciben la misma
cosa diferentemente, digamos que una la percibe a través de sus sentimientos y
la otra a través de sus sensaciones: podrán discutir toda su vida sin
comprender jamás en qué consiste la diferencia entre sus actitudes en presencia
de un objeto dado. En efecto, la primera lo ve bajo uno de sus aspectos y la
segunda bajo otro.
"Para
encontrar el método que discrimina, debemos comprender que cada función
psíquica normal es un medio o un instrumento de conocimiento. Con la ayuda del
pensar vemos un aspecto de las cosas y de los sucesos, con la ayuda de las
emociones vemos otro aspecto y con la ayuda de las sensaciones un tercer
aspecto. El conocimiento más completo que podríamos alcanzar de un tema dado
sólo se puede obtener si lo examinamos simultáneamente a través de nuestros
pensamientos, sentimientos y sensaciones. Todo hombre que se esfuerza por
alcanzar un conocimiento verdadero debe dirigirse hacia la posibilidad de tal
percepción. En condiciones ordinarias el hombre ve el mundo a través de un
cristal deformado, desigual. Y aun si se da cuenta, no puede cambiar nada. Su
forma de percepción, sea cual fuere, depende del trabajo de su organismo
entero. Todas las funciones son interdependientes y se equilibran entre sí,
todas las funciones tienden a mantenerse entre sí en el estado en que están.
Por eso, un hombre que comienza a estudiarse a si mismo, al descubrir en sí
algo que no le gusta, debe comprender que no será capaz de cambiarlo. Estudiar
es una cosa, cambiar es otra. Sin embargo, el estudio es el primer
paso hacia la posibilidad de cambiar en el futuro. Y desde el comienzo del
estudio de sí, uno debe llegar a convencerse bien de que durante mucho tiempo
todo el trabajo consistirá solamente en estudiarse.
"Ningún
cambio es posible en las condiciones ordinarias porque cada vez que un hombre
quiere cambiar una cosa no quiere cambiar sino esta cosa. Pero todo en la
máquina está ligado y cada función está inevitablemente compensada por otra o
por toda una serie de otras funciones, aunque no nos demos cuenta de esta
interdependencia entre las diversas funciones en nosotros mismos. La máquina
está equilibrada en todos sus detalles en cada momento de su actividad. Si un
hombre constata en sí mismo algo que le disgusta, y empieza a hacer esfuerzos
para cambiarlo, puede llegar a cierto resultado. Pero al mismo tiempo, con este
resultado
obtendrá inevitablemente otro resultado, que no podía haber sospechado. Al
esforzarse para destruir y aniquilar todo lo que le desagrada en él, al hacer
esfuerzos hacia este fin, compromete el equilibrio de su máquina. La máquina se
esfuerza por restablecer el equilibrio y lo restablece creando una nueva
función que el hombre no podía haber previsto.
Por
ejemplo, un hombre puede observar que es muy distraído, que se olvida de todo,
pierde todo, etc. Comienza a luchar contra este hábito, y si es suficientemente
metódico y resuelto, logra, después de cierto tiempo, obtener el resultado
deseado: deja de olvidar o de perder cosas. Esto lo advierte; pero hay otra
cosa que no advierte, y que los demás sí advierten, o sea, que se ha vuelto
irritable, pedante, criticón, desagradable. Ha vencido su distracción, pero en
su lugar ha aparecido la irritabilidad. ¿Por qué? Es imposible decirlo. Sólo el
análisis detallado de las cualidades particulares de los centros de un hombre
pueden mostrar por qué la
pérdida
de una cualidad ha ocasionado la aparición de otra. Esto no quiere decir que la
pérdida de la distracción deba causar necesariamente la irritabilidad.
Cualquier otra característica que no tenga relación alguna con la distracción
podría aparecer igualmente, por ejemplo, mezquindad, o envidia, u otra cosa.
"De
modo que cuando un hombre trabaja en forma conveniente sobre sí mismo, debe
tomar en cuenta los posibles cambios compensatorios que pueden ocurrir y
tenerlos en cuenta de antemano. Sólo en esta forma podrá evitar cambios
indeseables, o la aparición de cualidades enteramente opuestas a la meta y a la
dirección de su trabajo.
"Pero
en el sistema general de la actividad, y de las funciones de la máquina humana,
hay ciertos puntos en los cuales puede tener lugar un cambio sin ocasionar
ningún resultado parasitario.
"Es
necesario saber cuáles son estos puntos, y cómo acercarse a ellos, porque si
uno no comienza con ellos no obtendrá ningún resultado u obtendrá
resultados equivocados e indeseables.
"Un
hombre, cuando ha fijado en su pensamiento la diferencia entre las funciones
intelectuales, emocionales y motrices, debe, conforme se observa a sí mismo,
referir inmediatamente sus impresiones a la categoría correspondiente. Primero
debe tomar nota mental tan sólo de aquellas observaciones con respecto a las
cuales no le cabe la menor duda, es decir en las que reconoce de inmediato la
categoría. Debe rechazar todos los casos vagos o dudosos, y recordar únicamente
aquellos que son indiscutibles. Si este trabajo se efectúa correctamente, el
número de constataciones indudables aumentara rápidamente. Y aquello que al
principio le parecía dudoso muy pronto se verá con claridad como perteneciente
al primero, al segundo, o al tercer centro. Cada centro tiene su propia
memoria, sus propias asociaciones, y su propio pensar. De hecho cada centro
consiste de tres partes: la intelectual, la emocional y la motriz. Pero no
sabemos casi nada acerca de este lado de nuestra naturaleza. En cada centro
sólo conocemos una parte. Sin embargo, la observación de sí mismo nos
demostrará muy pronto que la vida de nuestros centros es mucho más rica, o en
todo caso, que contiene muchas más posibilidades de las que pensamos.
"A
la vez, al observar los centros, podremos constatar, al lado de su trabajo
correcto, su trabajo incorrecto, es decir, el trabajo de un centro en lugar de
otro: las tentativas de sentir del centro intelectual, o sus pretensiones al
sentimiento, las tentativas del centro emocional para pensar, las tentativas
del centro motor para pensar y sentir. Como ya se ha dicho, el trabajo de un
centro por otro es útil en ciertos casos, para salvaguardar la continuidad de
la vida. Pero al hacerse habitual este tipo de relevo llega a ser al mismo tiempo
dañino, porque comienza a interferir con el trabajo correcto, permitiendo poco
a poco a cada centro descuidar sus propios deberes inmediatos y hacer, no lo
que debería estar haciendo, sino lo que le gusta más en el momento. En un
hombre sano y normal, cada centro ejecuta su propio trabajo, es decir, el
trabajo para el cual fue especialmente destinado y que está mejor calificado
para cumplir. Hay situaciones en la vida de las cuales no podemos hacernos
cargo sino sólo con la ayuda del pensamiento. Si en tal momento el centro
emocional comienza a funcionar en lugar del centro intelectual. enredará todo,
y las consecuencias de esta intervención serán por demás desagradables. En un
hombre desequilibrado, la continua substitución de un centro por otro es precisamente
lo que se llama «desequilibrio» o «neurosis». Cada centro procura de alguna
manera endosarle su trabajo a otro, y al mismo tiempo trata de hacer el trabajo
de otro centro para el cual no está capacitado. Cuando el centro emocional
trabaja en lugar del centro intelectual, introduce nerviosidad, febrilidad y
precipitación innecesarias en situaciones en las que, por el contrario, son
esenciales un juicio calmo y una deliberación tranquila. Por su lado, cuando el
centro intelectual trabaja en lugar del centro emocional, se pone a deliberar
en situaciones que requieren decisiones rápidas y hace imposible el discernir
las particularidades y los matices tinos de la situación. El pensamiento es
demasiado lento. Elabora cierto plan de acción y continúa siguiéndolo aun
cuando las circunstancias hayan cambiado y se haya hecho necesario otro tipo de
acción. Además, en algunos casos la intervención del centro intelectual hace
surgir reacciones enteramente equivocadas, porque el centro intelectual es
simplemente incapaz de comprender los matices y sutilezas de muchos
acontecimientos. Al centro del pensamiento le parecen iguales acontecimientos
que son totalmente diferentes para el centro motor y para el centro emocional.
Sus decisiones son demasiado generales y no corresponden a las que habría
tomado el centro emocional. Esto resulta perfectamente claro si nos
representamos la intervención del pensamiento, esto es, de la mente teórica, en
el dominio del sentimiento, o de la sensación, o del movimiento. En cada uno de
estos tres casos la intervención del pensamiento conduce a resultados
totalmente indeseables. El pensamiento no puede comprender los matices del
sentimiento. Veremos esto claramente si imaginamos a un hombre razonando sobre
las emociones de otro. Como él mismo no experimenta nada, lo que experimenta el
otro no existe para él. Un hombre saciado no comprende a un hambriento.
Pero
para éste, su hambre es muy real; y las decisiones del primero, o sea del
pensamiento, no pueden en ningún caso satisfacerlo.
"En
la misma forma, el pensamiento no puede apreciar las sensaciones. Para él son
cosas muertas. Tampoco es capaz de controlar el movimiento. Es de lo más fácil
encontrar ejemplos de esta clase. Cualquiera que sea el trabajo que un hombre
está haciendo, bastará que trate de hacer deliberadamente cada uno de sus
gestos con su mente, siguiendo cada movimiento, y verá que cambiará
inmediatamente la calidad de su trabajo. Si está escribiendo a máquina, sus
dedos gobernados por su centro motor encuentran por sí mismos las letras
necesarias; pero si antes de cada letra trata de preguntarse a sí mismo:
«¿Dónde está la C?»
«¿Dónde está la coma?» «¿Cómo se deletrea esta palabra?» — en seguida comienza
a cometer errores o a escribir muy despacio. Si un hombre conduce un automóvil
con su centro intelectual, por cierto no tendrá interés en pasar de la primera
velocidad. El pensamiento no puede seguir el ritmo de todos los movimientos
necesarios a una marcha rápida. Es absolutamente imposible para un hombre
ordinario conducir rápido con su centro intelectual especialmente en las calles
de una gran ciudad.
"Cuando
el centro motor hace el trabajo del centro intelectual, da como resultado la
lectura mecánica o la audición mecánica, aquella de un lector o de un oyente
que no percibe sino palabras y se queda totalmente inconsciente de lo que lee o
escucha. Esto sucede generalmente cuando la atención, es decir la dirección de
la actividad del centro intelectual, está ocupada en alguna otra cosa, y cuando
el centro motor trata de suplantar al ausente centro intelectual. Esto se
convierte muy fácilmente en un hábito porque generalmente el centro intelectual
está distraído, no por un trabajo útil, pensamiento o meditación, sino
simplemente por el ensueño o la imaginación.
"La
imaginación es una de las principales causas del trabajo equivocado de los
centros. Cada centro tiene su propia forma de imaginación y de ensueño, pero
por lo general el centro motor y el centro emocional se sirven ambos del centro
intelectual, siempre listo éste a cederles su lugar y a ponerse a su
disposición para este fin, porque el ensueño corresponde a sus propias
inclinaciones.
"El
ensueño es absolutamente lo contrario de una actividad «útil». «Útil» en este
caso significa: dirigida hacia una meta definida y emprendida para un resultado
definido. El ensueño no tiende a ningún fin, no se esfuerza hacia ninguna meta.
La motivación del ensueño se encuentra siempre en el centro emocional o en el
centro motor. En cuanto al proceso efectivo, éste es tomado a su cargo por el
centro intelectual. La tendencia a soñar se debe en parte a la pereza del
centro intelectual, es decir a sus tentativas por evitarse todo esfuerzo ligado
a un trabajo orientado hacia una meta definida y que tenga una dirección
definida, y por otra parte a la tendencia de los centros emocional y motor a
repetirse, a guardar vivas o a reproducir experiencias agradables o
desagradables, ya vividas o imaginadas. Los ensueños penosos, mórbidos, son
característicos de un desequilibrio de la máquina humana. Después de todo, se
puede comprender el ensueño cuando presenta un carácter agradable, y se le
puede encontrar una justificación lógica. Pero el ensueño de carácter penoso es
un completo absurdo. Sin embargo, muchas personas pasan nueve décimos de su existencia
imaginando toda clase de acontecimientos desagradables, todas las desgracias
que pueden recaer sobre ellos y sobre su familia, todas las enfermedades que
pueden contraer, y todos los sufrimientos que tal vez tendrán que soportar.
"La
«imaginación» y el «ensueño» son ejemplos del funcionamiento equivocado del
centro intelectual.
"La
observación de la actividad de la imaginación y del ensueño, constituye una
parte muy importante del estudio de sí.
"Después
la observación tendrá que enfocarse sobre los hábitos en general. Todo hombre
adulto es un tejido de hábitos, si bien, en la mayoría de los casos, no se da
la menor cuenta de ello y pudiera aun afirmar que no tiene hábito alguno. Esto
nunca puede ser así. Los tres centros están repletos de hábitos y un hombre
jamás puede conocerse hasta haber estudiado todos sus hábitos. La observación y
estudio de éstos es particularmente difícil porque para verlos y
«constatarlos», es necesario escapar de ellos, liberarse de ellos aunque sea
tan sólo por un momento. Mientras un hombre está gobernado por un hábito
determinado, no puede observarlo; pero desde su primer intento de combatirlo,
por débil que éste sea, lo siente y repara en él. Por eso, para observar y
estudiar los hábitos es necesario tratar de luchar contra ellos. Esto nos abre
una vía práctica para la observación de sí. He dicho anteriormente que un
hombre no puede cambiar nada en sí mismo, que sólo puede observar y
«constatar». Es verdad. Pero es igualmente cierto que un hombre no puede
observar ni «constatar» nada si no trata de luchar consigo mismo, es decir,
contra sus hábitos. Esta lucha no puede dar resultados inmediatos; no puede
conducir a ningún cambio permanente o duradero. Pero permite saber a qué
atenerse. Sin lucha un hombre no puede ver de qué está hecho. La lucha contra
los pequeños hábitos es muy difícil y fastidiosa, pero sin ella es imposible la
observación de sí.
"Desde
su primera tentativa de estudiar su actividad motriz elemental, el hombre
tropieza con sus hábitos. Por ejemplo, puede querer estudiar sus movimientos,
puede querer observar cómo camina. Pero nunca lo logrará por más de un
instante, si sigue funcionando de la manera habitual. En cambio, si comprende
que su manera de caminar está constituida por un cierto número de hábitos:
pasos de cierta longitud, un cierto porte, etc., y si trata de cambiarlos, es
decir caminar más o menos rápido, alargar más o menos el paso, será capaz de
ver en sí mismo y estudiar sus movimientos mientras camina. Si un hombre quiere
observarse mientras escribe, debe tomar nota de la manera en que sostiene la
pluma y tratar de tomarla de otro modo; entonces se hace posible la
observación. Para observarse un hombre debe tratar de no caminar de manera
habitual, de sentarse en forma desacostumbrada, debe permanecer de pie cuando
normalmente se sienta, sentarse cuando está acostumbrado a estar de pie,
realizar con la mano izquierda los movimientos que acostumbra hacer con la mano
derecha y viceversa. Todo esto le permitirá observarse y estudiar los hábitos y
asociaciones del centro motor. "En el dominio de las emociones es muy útil
tratar de luchar contra el hábito de dar expresión inmediata a las emociones
desagradables. Muchas personas encuentran muy difícil evitar expresar sus
sentimientos acerca del mal tiempo. Les es aún más difícil guardar para sí las
emociones desagradables cuando estiman que han sido violados el orden o la
justicia tal como ellos la conciben.
"La
lucha contra la expresión de las emociones desagradables no sólo es un
excelente método para la observación de sí, sino que tiene otro significado.
Esta es una de las pocas direcciones en las que un hombre puede cambiar o
cambiar sus hábitos sin crear otros indeseables. Es por esto por lo que desde
el comienzo la observación de si y el estudio de sí deben estar acompañados de
una lucha contra la expresión de las emociones desagradables.
"Si
el hombre sigue todas estas reglas al observarse a sí mismo, descubrirá una
cantidad de aspectos muy importantes de su ser. Para comenzar constatará con
claridad indudable el hecho de que sus acciones, pensamientos, sentimientos y
palabras, son el resultado de las influencias exteriores y que nada procede de
él mismo. Comprenderá y verá que de hecho es un autómata que actúa bajo la
influencia de estímulos exteriores. Experimentará su completa mecanicidad. Todo
sucede. El hombre no puede «hacer» nada; es una máquina gobernada desde el
exterior por choques accidentales. Cada choque llama a la superficie a uno de
sus «yoes». Con un nuevo choque este «yo» desaparece y otro ocupa su lugar. Uno
pequeño cambio en el mundo circundante y he aquí nuevamente otro «yo».
"Desde
este momento el hombre comenzará a comprender que no tiene el menor poder sobre
sí mismo, que nunca sabe lo que puede decir o hacer al minuto siguiente y que
no puede responder de sí mismo ni siquiera por algunos, instantes. Se
convencerá de que si permanece tal cual es y no hace nada extraordinario, se
debe simplemente a que no se produce ningún cambio exterior extraordinario. Se
convencerá de que sus acciones están totalmente gobernadas por las condiciones
exteriores y que no hay en él nada permanente de donde pueda proceder un
control, ni una sola función permanente, ni un solo estado permanente."
Había
varios puntos en las teorías psicológicas de G. que suscitaron particularmente
mí interés.
El
primero era la posibilidad de un cambio de sí, a saber que el hombre desde que
comienza a observarse de la manera adecuada, comienza por esto mismo a
cambiar y ya no puede estar satisfecho de sí.
El
segundo punto era la necesidad de "no expresar las emociones
desagradables". Sentí de inmediato que aquí se escondía algo muy grande y
el futuro me dio la razón, porque el estudio de las emociones y el trabajo
sobre las emociones se tomó la base del desarrollo ulterior de todo el sistema.
Pero esto no se me hizo evidente sino mucho más tarde.
El
tercer punto que atrajo mi atención y sobre el cual de inmediato me puse a
reflexionar era la idea del centro motor. Lo que me interesó
especialmente era la relación que G. establecía entre las funciones motrices y
las funciones instintivas. ¿Eran idénticas o eran diferentes?
Además,
¿cuál era la relación entre las divisiones hechas por G. y las divisiones
habituales de la psicología? Hasta entonces con ciertas reservas y adiciones,
yo había estimado posible aceptar la vieja clasificación de las acciones del
hombre en acciones "conscientes", acciones "automáticas"
(que primero tienen que ser conscientes), acciones "instintivas"
(oportunas pero sin meta consciente) y acciones "reflejas", simples y
complejas, que nunca son conscientes y que en ciertos casos pueden ser
inoportunas. Además había las acciones realizadas bajo la influencia de
disposiciones emocionales ocultas y de impulsos interiores desconocidos. G.
puso de cabeza toda esta estructura.
Primeramente
descarto por completo las acciones "conscientes" porque, como
resaltaba de todo lo que él decía, nada era consciente. El término de
"subconsciente" que desempeña un papel tan grande en las teorías de
algunos autores, llegaba así a ser enteramente inútil y hasta engañoso, ya que
fenómenos de categorías completamente diferentes siempre eran clasificados en
la categoría de "subconscientes".
La
división, de las acciones según los centros que las gobiernan eliminaba toda
incertidumbre y toda duda posible en cuanto a la justeza de estas divisiones.
Lo
que era particularmente importante en el sistema de G. era la idea de que
acciones idénticas podían tener su origen en centros diferentes. Un buen
ejemplo es el del joven recluta y el viejo soldado en la instrucción militar.
Aquél maneja el fusil con su centro intelectual, éste con su centro motor, que
lo hace mucho mejor.
Pero
G. no llamaba "automáticas" a las acciones gobernadas por el centro
motor. Sólo designaba así a las acciones que el hombre realizaba de manera
imperceptible para él mismo. Las mismas acciones, desde que son observadas,
ya no se pueden llamar "automáticas".
Otorgaba
un gran lugar al automatismo, pero no confundía funciones motrices con
funciones automáticas, y lo que es más importante, encontraba acciones
automáticas en todos los centros. Por ejemplo, hablaba de
"pensamientos automáticos" y de "sentimientos automáticos".
Cuando le pregunté sobre los reflejos, los llamó "acciones
instintivas". Y como comprendí de lo que siguió, entre todos los
movimientos exteriores, consideraba sólo a los reflejos como acciones
instintivas.
Yo
estaba muy interesado por su descripción de las relaciones entre las funciones
motrices e instintivas y volvía a menudo a este tema en mis conversaciones con
él.
Ante
todo G, nos llamó la atención sobre el perpetuo abuso de las palabras
"instinto" e "instintivo". Resaltaba de lo que decía que
esos términos no podían aplicarse con derecho sino a las funciones internas del
organismo. Respiración, circulación de la sangre, digestión — tales eran las
funciones instintivas. Las únicas funciones externas que pertenecían a esta
categoría eran los reflejos. La diferencia entre las funciones
instintivas y motrices era la siguiente: Las funciones motrices del hombre así
como las de los animales, de un pájaro, de un perro, deben ser aprendidas; pero
las funciones instintivas son innatas. El hombre tiene muy pocos movimientos
exteriores innatos; los animales tienen más, aunque en diversos grados: algunos
tienen más, otros menos; pero lo que habitualmente se designa como
"instinto" se refiere muy a menudo a una serie de funciones motrices
complejas, que los animales jóvenes aprenden de los viejos. Una de las
principales propiedades del centro motor es su capacidad de imitar. El centro
motor imita lo que ve sin razonar. Este es el origen de las leyendas que
existen sobre la maravillosa "inteligencia" de los animales, o sobre
el "instinto" que reemplaza a la inteligencia para permitirles realizar
toda una serie de acciones complejas y perfectamente adaptadas.
La
idea de un centro motor independiente, es decir que no depende de la mente ni
requiere nada de ella y que es por sí mismo una mente, pero que por otra parte
tampoco depende del instinto y debe ante todo educarse—situaba un número muy
grande de problemas sobre una base enteramente nueva. La existencia de un
centro motor trabajando por imitación explicaba el mantenimiento del orden
existente en las colmenas, las comejeneras y los hormigueros.
Dirigida
por la imitación, una generación debe modelarse absolutamente sobre el patrón
de la generación precedente. No puede haber ningún cambio, ninguna desviación
del modelo. Pero la imitación no explica cómo se establece en el origen un
orden tal. A menudo estaba tentado de hacer toda clase de preguntas sobre este
tema. Pero G. eludía tales conversaciones y las llevaba siempre al hombre y a
los problemas reales del estudio de sí.
De
esta manera muchas cosas se aclararon para mí con la idea de que cada centro no
es sólo una fuerza de impulsión, sino también un "aparato receptor"
que capta influencias diferentes y algunas veces muy alejadas. Cuando yo
pensaba en lo que había sido dicho sobre las guerras, las revoluciones, las
migraciones de pueblos, etc.; cuando me representaba cómo se pueden mover las
masas humanas obedeciendo a influencias planetarias, entreveía nuestro error
fundamental en la determinación de las acciones individuales. Nosotros
consideramos las acciones de un individuo como si tuvieran su origen en tí mismo.
No nos imaginamos que "las masas" puedan estar formadas de autómatas
que obedecen a estímulos exteriores y que pueden moverse, no bajo la influencia
de la voluntad, de la conciencia o de las tendencias de los individuos sino
bajo la influencia de estímulos exteriores que vienen a veces de muy lejos.
—¿Pueden
ser gobernadas las funciones instintivas y motrices por dos centros distintos?
Le pregunté un día a G.
—Sí,
dijo, y hay que añadirles el centro sexual. Estos son los tres centros del piso
inferior. El centro sexual desempeña el papel del centro neutralizante en
relación a los centros instintivo y motor. El piso inferior puede existir por
sí mismo, porque en él los tres centros son los conductores de las tres
fuerzas. Los centros intelectual y emocional no son indispensables para la
vida.
—¿Cuál
de los centros del piso inferior es activo y cuál es pasivo?
—Eso
cambia, dijo G. Ora el centro motor es activo y el centro instintivo es pasivo,
ora es el centro instintivo el que es activo y el centro motor, pasivo. Usted
debe encontrar en usted mismo ejemplos de estos estados. Pero
independientemente de los diferentes estados, hay también diferencias de tipos.
En unos, el centro motor es más activo, en otros es el centro instintivo. Pero
para mayor comodidad en el razonamiento y sobre todo al comienzo, cuando es la
explicación de los principios lo que más cuenta, los consideramos como un solo
centro, comprendiendo diferentes funciones que trabajan sobre el mismo nivel.
Los centros intelectual, emocional y motor trabajan sobre niveles diferentes; y
los centros motor e instintivo, sobre un mismo nivel. Más tarde comprenderá lo
que significan estos niveles y de qué dependen."
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